Pequeños viajeros: nuestros consejos para volar con bebés y niños

Viajar con niños pequeños es toda una aventura. Y si además hay un avión de por medio, es completamente normal preguntarse: ¿cómo vamos a hacer esto?

Antes de tener hijos, viajar podía significar preparar una maleta, llegar al aeropuerto y subir al avión. Con niños… bueno, digamos que la definición de “viajar ligero” cambia bastante.

De repente llevas pañales, toallitas, snacks, juguetes, ropa de recambio y probablemente algún peluche que, bajo ninguna circunstancia, puede quedarse en casa.

Pero volar con bebés y niños pequeños no tiene por qué convertirse en una experiencia estresante. Con un poco de preparación, expectativas realistas y algunos trucos, el viaje puede ser mucho más tranquilo de lo que imaginas.

Y quién sabe… quizá incluso llegues a disfrutarlo.

La preparación empieza antes de llegar al aeropuerto

Si hay algo que he aprendido viajando con niños es que cuanto menos tengas que improvisar en el aeropuerto, mejor.

Prepara las cosas importantes con antelación y piensa especialmente en aquello que necesitarás durante el trayecto, no solo cuando llegues a vuestro destino.

A mí me gusta imaginar todo el viaje paso a paso: salir de casa, llegar al aeropuerto, pasar el control, esperar en la puerta de embarque, subir al avión y finalmente aterrizar.

¿Qué podrías necesitar en cada momento?

Así es mucho más fácil preparar el equipaje de mano sin acabar llevando media casa contigo.

El equipaje de mano puede salvarte el viaje

Una buena bolsa de mano vale oro cuando viajas con pequeños.

Nosotros preferimos tener las cosas importantes rápidamente accesibles, porque buscar un body limpio en el fondo de una maleta mientras tienes un bebé en brazos no es precisamente el momento más relajante del viaje.

Algunas cosas que merece la pena tener a mano son:

  • pañales y toallitas;
  • una muda completa —y mejor alguna extra—;
  • una bolsa para ropa sucia;
  • chupete, biberón o lo que vuestro bebé utilice normalmente;
  • snacks y agua para los niños más mayores;
  • un pequeño juguete o libro;
  • su peluche o mantita favorita;
  • pañuelos;
  • y algo para vosotros también.

Y un pequeño consejo: no estrenes demasiadas cosas justo ese día. Su vaso habitual, su peluche conocido o ese snack que sabes que le encanta pueden dar mucha más tranquilidad que algo completamente nuevo.

Llegar con tiempo… pero tampoco demasiado

Con niños prefiero tener un poco de margen.

Correr por un aeropuerto con maletas, carrito y niños no es mi idea de empezar unas vacaciones relajadamente.

Pero llegar muchísimo antes tampoco siempre es ideal. Cuanto más tiempo tienen que esperar los pequeños, más posibilidades hay de que se aburran antes incluso de subir al avión.

La clave está en encontrar ese punto en el que podéis hacer todo con tranquilidad sin convertir el aeropuerto en una excursión de medio día.

Déjales moverse antes de subir al avión

Esta es una de esas cosas sencillas que pueden marcar una gran diferencia.

Si vuestro pequeño ya camina, aprovechad el tiempo antes del embarque para dejarle moverse.

Caminar por la terminal, mirar los aviones por la ventana o simplemente explorar un poquito puede ayudar a gastar energía antes de tener que permanecer sentado durante el vuelo.

Porque esperar que un niño pequeño se quede perfectamente quieto durante horas después de haberle pedido que también estuviera quieto todo el tiempo en el aeropuerto… quizá sea pedir demasiado.

Despegue y aterrizaje: ten algo preparado

Los cambios de presión durante el despegue y el aterrizaje pueden resultar incómodos para los oídos.

Con un bebé puede ser útil darle el pecho, el biberón o el chupete. Para niños algo mayores, beber o comer algo que implique tragar puede ayudar.

Y si vuestro pequeño llora, tampoco significa que estéis haciendo algo mal.

A veces están cansados, sienten presión en los oídos o simplemente no entienden qué está ocurriendo.

En ese momento lo único que necesitan es que estéis cerca.

El arma secreta: pequeños entretenimientos

No hace falta llenar una mochila entera de juguetes.

De hecho, yo prefiero llevar unas pocas cosas y sacarlas una por una.

Un pequeño libro, pegatinas, algo para dibujar o un juguete que no haga demasiado ruido pueden mantenerlos entretenidos durante un rato.

Y sí: si alguna vez hay un momento para ser un poquito más flexible con las pantallas, un vuelo puede ser perfectamente ese momento.

Descargar previamente algunos dibujos, canciones o juegos puede regalaros un rato de tranquilidad cuando ya habéis agotado las demás opciones.

Un vuelo no tiene que ser el día perfecto de vuestra rutina.

El objetivo es llegar juntos y relativamente felices al otro lado.

Snacks. Muchos snacks.

Creo que esto merece su propio apartado.

Nunca subestimes el poder de un snack.

Especialmente con niños pequeños.

Lleva varias opciones y, si el vuelo es largo, no se las enseñes todas al principio. Sacar algo diferente más tarde puede convertirse prácticamente en una nueva actividad.

Además, tener algo conocido para comer puede ser reconfortante cuando todo lo demás el aeropuerto, los sonidos, las personas y el avión es nuevo.

Intenta respetar la rutina, pero no luches contra ella

Si el vuelo coincide con la hora habitual de dormir, puedes intentar recrear algunos elementos de vuestra rutina: su mantita, el chupete, una canción o simplemente tenerlo en brazos.

Pero también he aprendido que intentar controlar absolutamente todo solo genera más estrés.

Quizá duerma durante todo el vuelo.

Quizá no duerma ni cinco minutos.

Quizá decidas estratégicamente reservar un vuelo durante la siesta y tu hijo piense: qué interesante, hoy precisamente no necesito dormir.

Y también está bien.

Un día diferente no va a destruir vuestra rutina.

No te preocupes demasiado por las miradas de los demás

Este quizá sea uno de los consejos que más me gustaría dar a otros padres.

Un bebé puede llorar.

Un niño de dos años puede cansarse.

Un pequeño puede emocionarse demasiado al ver un avión por primera vez.

Son niños.

La mayoría de las personas lo entienden perfectamente. Y quien no lo entienda probablemente tampoco cambiará de opinión porque tú pases todo el vuelo preocupándote.

Ocúpate de tu pequeño, no de las miradas de los demás.

Tú conoces a tu hijo mejor que nadie.

Y no olvides disfrutar de su primera vez

Entre las maletas, los controles y la pregunta número 47 de “¿cuándo llegamos?”, hay algo que podemos olvidar fácilmente:

para ellos, volar puede ser algo absolutamente mágico.

Mirar los aviones enormes desde la terminal.

Caminar por el finger.

Buscar vuestro asiento.

Sentir cómo el avión empieza a moverse.

Y, sobre todo, mirar por esa pequeña ventanilla cuando las casas se hacen cada vez más pequeñas.

Intenta detenerte un segundo y mirar su cara.

Haz una fotografía.

Graba ese pequeño vídeo.

Porque probablemente dentro de unos años no recordarás si el vuelo salió exactamente a tiempo o si tuviste que sacar cinco snacks en cuarenta minutos.

Pero quizá sí recuerdes aquella carita pegada a la ventana viendo las nubes por primera vez.

Viajar con niños es diferente… y quizá por eso también es tan especial

Viajar con bebés y niños pequeños requiere más preparación, más paciencia y definitivamente más cosas en la maleta.

Pero también te permite volver a descubrir el mundo a través de sus ojos.

Y eso hace que incluso algo tan normal como subir a un avión pueda convertirse en un recuerdo precioso.

No busques un viaje perfecto.

Prepara lo que puedas, acepta lo que no puedes controlar y deja espacio para disfrutar de esos pequeños momentos inesperados.

Porque al final, las vacaciones no empiezan cuando llegáis al destino.

La aventura empieza desde el momento en que salís juntos de casa.

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